When the man comes around.
¡Santo Dios!, ¡estaban en todas partes!,cientos, miles, ¿de dónde demonios habían salido?, a estas horas, la ciudad se había convertido en un auténtico infierno. Conducir era una tarea casi imposible, todo el mundo intentaba huir. Nos había pillado a todos por sorpresa.
Di un volantazo y casi me estampé contra el cristal de un bar, en su interior se encontraban algunas personas, habían conseguido bajar la reja y contemplaban con horror a esas malditas cosas que se agolpaban para intentar atraparlos. ¡Maldita sea!, mi hijo muerto y sin embargo ese maldito viejo con su gorra respirando.
La situación era caótica, los peatones corrían sin rumbo fijo con el consiguiente riesgo de ser atrapados y devorados, pero también de ser atropellados, los conductores pasaban de las normas de circulación, se saltaban stops, semáforos, pasos de cebra, se subían a las aceras...
Contemplé un choque entre un Clio y un viejo seiscientos, en vez de salir disparado a pie para seguir huyendo, a la del Clio, una jovencita de unos veinte años, no se le ocurrió otra cosa que salir del coche y empezar a increpar a la anciana del automóvil más pequeño, vale, todo perfecto... maravilloso, lo último que vi, varios brazos podridos destrozar su cuerpo.
¡Qué fuerza tenían!, eran capaces de seccionar miembros de un ser humano con la ayuda de sus manos. De todos tamaños, altos, bajos, viejos, jóvenes, niños, ¡hasta bebés que se arrastraban por el asfalto!, cuerpos a los que les faltaban las piernas, los brazos, ¡hasta la cabeza!, mujeres con el pelo enmarañado, viejos con su mejor traje, niños con ropa ensangrentada... Un hedor insoportable lo inundaba todo, sus gemidos se juntaban con los gritos de terror de la ciudad, a los que se unían esporádicos disparos. La policía totalmente desbordada, agentes ocultos en improvisadas barricadas disparando a una multitud que avanza lenta pero segura hacia su objetivo.
Conecté la radio, en algunas emisoras, gritos y gemidos de esas cosas, en otra un aterrado locutor leía pasajes de la Biblia, solo en una comentaban lo que está ocurriendo, ¡qué no salgamos a la calle!, ¿pero se puede saber quién iba a estar preparado para ésto?.
Sonó el móvil, es Clara, ¡seguía con vida!, intenté enchufar el aparato al manos libres a la par que esquivaba una columna de esas cosas que me miraron con ojos ansiosos, era la persona con más suerte del mundo, entre ellos hallé un paso por el que mi coche pudo pasar.
- ¡Clara! - grité.
- Alberto, ¿qué está ocurriendo?, por el amor de Dios, en cuanto he llegado del trabajo he puesto la tele y me encuentro con todo este follón, la gente por el patio gritan una y otra vez que no abramos la puerta a nadie, joder, en la tele están diciendo que el ejército está intentando precintar todo depósito de cadáveres, ¿cómo está Marcos?.-
- Marcos está... muerto - no sé si oyó la última palabra con el contínuo e incesante sonido de coches chocándose y de gritos.
- Volved rápido a casa - no, no lo oyó, ¿volver rápido?, maldición, menos mal que esos cabrones eran lentos, solo podía ir a cuarenta o cincuenta kilómetros por hora, todo eran choques, gente que te gritaba, que te señalaba a sus hijos para que les ayudases, ¡yo había perdido al mío!. Nadie iba a ayudarme para conseguir que volviera a la vida.
¿Qué coño es ese sonido?, helicópteros sobrevolando la ciudad,¡joder!, disparando desde ellos sin ningún miramiento, daba igual que fueran vivos o muertos vivientes, no se percataban de que si disparaban a gente normal lo único que conseguían era aumentar el número.
"Abandonen las calles, vuelvan a sus hogares y cierren las puertas, abandonen las calles repito", malditos hijos de puta, primero dispara y luego da órdenes.
"Abandonen sus vehículos e intenten llegar a pie, pueden conseguirlo puesto que el enemigo es lento y anda pesadamente". Claro, es normal, abandono el coche, empiezo a correr, me pierdo y me topo de frente con doscientos muertos vivientes a los que solo les faltaría ponerles los cubiertos, ¡qué os jodan!.
La madre que me... lo que me faltaba, mi portal rodeado de esas cosas, mi calle era un pasaje del infierno, cadáveres andantes devorando a algunas personas que aún siguen con vida, algún valiente haciéndoles frente... ¡con una pala!, antes de ser alcanzado de un palazo arrancó a uno la cabeza, ¡pero el cuerpo seguía moviéndose!. No, ésto no era como en una película, durante mi huída vi como algunos disparos les alcanzaban en la cabeza y seguían avanzando tan panchos.
Esta gente es idiota, pensé al ver a los vecinos del cuarto salir del portal con palos de escoba intentando hacerse paso entre la maraña de cuerpos que se agolpaban. Gracias, muchas gracias... gracias a vuestra estupidez, camino despejado. Abandoné el coche y corrí hacia la puerta de entrada del edificio. Tenía una suerte tremenda, no me perseguía ninguno, ninguno había intentado hacerme nada aunque había recorrido media ciudad, era como si no... ¡mierda!.
Un gemido a mi espalda, me giré, el idiota del vecino del cuarto, recien devuelto a la vida y su adorable familia, cuatro gordos sebosos a los que les habían hecho adelgazar de repente tras haberles sacado hasta la última víscera de la tripa, ¡qué asco!, ¡qué pestazo!,el olor era indescriptible, junto a ellos, cuatro adolescentes con pelo cenicero a los que les falta media cara... Se acabó la buena suerte.
Corrí hacia el portal, otros tantos intentaban llegar a mí, afortunadamente, mis estúpidos vecinos no habían cerrado la puerta del todo y pude entrar, en el último momento uno de los adolescentes chocó contra el crista.
Escuché el griterío de los demás vecinos en sus casas como posesos intentando sobrevivir a la situación. Subí por las escaleras,llegué a mi piso, llamé al timbre y grité a Clara su nombre, giró la llave, abrió y entré.
- ¿Y Marcos?- es lo primero que me pregunta a la par que cierra la puerta blindada.
- Está... está muerto... - le dije a la vez que me derrumbaba con lágrimas en los ojos.
Di un volantazo y casi me estampé contra el cristal de un bar, en su interior se encontraban algunas personas, habían conseguido bajar la reja y contemplaban con horror a esas malditas cosas que se agolpaban para intentar atraparlos. ¡Maldita sea!, mi hijo muerto y sin embargo ese maldito viejo con su gorra respirando.
La situación era caótica, los peatones corrían sin rumbo fijo con el consiguiente riesgo de ser atrapados y devorados, pero también de ser atropellados, los conductores pasaban de las normas de circulación, se saltaban stops, semáforos, pasos de cebra, se subían a las aceras...
Contemplé un choque entre un Clio y un viejo seiscientos, en vez de salir disparado a pie para seguir huyendo, a la del Clio, una jovencita de unos veinte años, no se le ocurrió otra cosa que salir del coche y empezar a increpar a la anciana del automóvil más pequeño, vale, todo perfecto... maravilloso, lo último que vi, varios brazos podridos destrozar su cuerpo.
¡Qué fuerza tenían!, eran capaces de seccionar miembros de un ser humano con la ayuda de sus manos. De todos tamaños, altos, bajos, viejos, jóvenes, niños, ¡hasta bebés que se arrastraban por el asfalto!, cuerpos a los que les faltaban las piernas, los brazos, ¡hasta la cabeza!, mujeres con el pelo enmarañado, viejos con su mejor traje, niños con ropa ensangrentada... Un hedor insoportable lo inundaba todo, sus gemidos se juntaban con los gritos de terror de la ciudad, a los que se unían esporádicos disparos. La policía totalmente desbordada, agentes ocultos en improvisadas barricadas disparando a una multitud que avanza lenta pero segura hacia su objetivo.
Conecté la radio, en algunas emisoras, gritos y gemidos de esas cosas, en otra un aterrado locutor leía pasajes de la Biblia, solo en una comentaban lo que está ocurriendo, ¡qué no salgamos a la calle!, ¿pero se puede saber quién iba a estar preparado para ésto?.
Sonó el móvil, es Clara, ¡seguía con vida!, intenté enchufar el aparato al manos libres a la par que esquivaba una columna de esas cosas que me miraron con ojos ansiosos, era la persona con más suerte del mundo, entre ellos hallé un paso por el que mi coche pudo pasar.
- ¡Clara! - grité.
- Alberto, ¿qué está ocurriendo?, por el amor de Dios, en cuanto he llegado del trabajo he puesto la tele y me encuentro con todo este follón, la gente por el patio gritan una y otra vez que no abramos la puerta a nadie, joder, en la tele están diciendo que el ejército está intentando precintar todo depósito de cadáveres, ¿cómo está Marcos?.-
- Marcos está... muerto - no sé si oyó la última palabra con el contínuo e incesante sonido de coches chocándose y de gritos.
- Volved rápido a casa - no, no lo oyó, ¿volver rápido?, maldición, menos mal que esos cabrones eran lentos, solo podía ir a cuarenta o cincuenta kilómetros por hora, todo eran choques, gente que te gritaba, que te señalaba a sus hijos para que les ayudases, ¡yo había perdido al mío!. Nadie iba a ayudarme para conseguir que volviera a la vida.
¿Qué coño es ese sonido?, helicópteros sobrevolando la ciudad,¡joder!, disparando desde ellos sin ningún miramiento, daba igual que fueran vivos o muertos vivientes, no se percataban de que si disparaban a gente normal lo único que conseguían era aumentar el número.
"Abandonen las calles, vuelvan a sus hogares y cierren las puertas, abandonen las calles repito", malditos hijos de puta, primero dispara y luego da órdenes.
"Abandonen sus vehículos e intenten llegar a pie, pueden conseguirlo puesto que el enemigo es lento y anda pesadamente". Claro, es normal, abandono el coche, empiezo a correr, me pierdo y me topo de frente con doscientos muertos vivientes a los que solo les faltaría ponerles los cubiertos, ¡qué os jodan!.
La madre que me... lo que me faltaba, mi portal rodeado de esas cosas, mi calle era un pasaje del infierno, cadáveres andantes devorando a algunas personas que aún siguen con vida, algún valiente haciéndoles frente... ¡con una pala!, antes de ser alcanzado de un palazo arrancó a uno la cabeza, ¡pero el cuerpo seguía moviéndose!. No, ésto no era como en una película, durante mi huída vi como algunos disparos les alcanzaban en la cabeza y seguían avanzando tan panchos.
Esta gente es idiota, pensé al ver a los vecinos del cuarto salir del portal con palos de escoba intentando hacerse paso entre la maraña de cuerpos que se agolpaban. Gracias, muchas gracias... gracias a vuestra estupidez, camino despejado. Abandoné el coche y corrí hacia la puerta de entrada del edificio. Tenía una suerte tremenda, no me perseguía ninguno, ninguno había intentado hacerme nada aunque había recorrido media ciudad, era como si no... ¡mierda!.
Un gemido a mi espalda, me giré, el idiota del vecino del cuarto, recien devuelto a la vida y su adorable familia, cuatro gordos sebosos a los que les habían hecho adelgazar de repente tras haberles sacado hasta la última víscera de la tripa, ¡qué asco!, ¡qué pestazo!,el olor era indescriptible, junto a ellos, cuatro adolescentes con pelo cenicero a los que les falta media cara... Se acabó la buena suerte.
Corrí hacia el portal, otros tantos intentaban llegar a mí, afortunadamente, mis estúpidos vecinos no habían cerrado la puerta del todo y pude entrar, en el último momento uno de los adolescentes chocó contra el crista.
Escuché el griterío de los demás vecinos en sus casas como posesos intentando sobrevivir a la situación. Subí por las escaleras,llegué a mi piso, llamé al timbre y grité a Clara su nombre, giró la llave, abrió y entré.
- ¿Y Marcos?- es lo primero que me pregunta a la par que cierra la puerta blindada.
- Está... está muerto... - le dije a la vez que me derrumbaba con lágrimas en los ojos.

0 Comments:
Publicar un comentario
<< Home